No voy a mencionar ñoñerías como que para mí escribir lo es todo, que no podría vivir sin escribir, que es mi pasión, mi alegría y mi razón de vivir.
Porque no lo es.
He pasado épocas de mi vida sin escribir y sigo aquí.
Sin embargo, sin lo que realmente no puedo vivir es sin IMAGINAR.
Todos los días me encuentro creando algo nuevo en mi cabeza. Puede ser algo tan pequeño como preguntarte qué pasaría si de repente unos atracadores entraran en el banco en el que estás, o algo más inverosímil como qué pasaría si de repente me muerde un unicornio y adquiero superpoderes que incluyen un molesto cuerno en la frente.
Sería agradable que mis manos pudieran escribir a la velocidad que mi mente imagina. Pero no lo hacen. A veces ni siquiera me apetece escribir lo que imagino, pues es algo que es solo tuyo, irreal y que probablemente nadie más entendería.
¿Y las historias sin escribir? ¿Qué pasa con ellas? A veces desaparecen. Quizás vuelan hacia un gran libro escondido en ninguna parte y quedan ahí impresas hasta que alguien esté preparado para leerlas. Otras se quedan contigo porque quieren ser contadas y se deslizan por tus dedos hacia el papel formando palabras que después leerán otros.
Creo que una de las mejores cosas que podemos hacer es imaginar. De ese acto han salido los actos más grandes del ser humano. De modo que: imagina.



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