miércoles, 30 de abril de 2014

Relato: En el metro

EN EL METRO



Me encanta el metro. Me parece que de todos los medios de transporte disponibles en nuestra generación, es el mejor. Quiero decir, andar de un lado a otro a caballo o en carruaje suena mucho más emocionante y evocador, pero por desgracia, alguien quiso que naciera en el siglo equivocado
.
Pero del siglo XXI, el mejor modo de ir de un lado a otro es sin ninguna duda el metro. O el tren en su defecto, si hay que hacer distancias largas. Tiene ese encanto de algo antiguo pero a la vez moderno. Y es, sin ninguna duda, una fuente de entretenimiento para un espectador atento. En el metro podemos ver de todo, gente pobre, gente rica, gente de poder adquisitivo medio, gente cantando, gente tocando el acordeón o la flauta, gente vendiendo klinex (algo muy útil en ciertas épocas del año), gente durmiendo, gente besándose, gente sobándose, gente borracha, gente triste, gente hablando por el móvil y a todo el vagón al mismo tiempo, gente escuchando música, gente leyendo, gente aplastada… y así, la lista parece interminable.

Todos los días tengo que coger el metro y en total, paso en las vías más de dos horas. Además, dado que soy una persona de costumbres, siempre cojo el metro a la misma hora. Y sin embargo, excepto el guarda de seguridad de la entrada y una mujer de negocios que tengo la ligera impresión de que está cautivada por mi belleza, prácticamente nunca nadie es el mismo. Y si lo fuera, solo tienes que moverte uno o dos vagones hacia arriba o hacia abajo para encontrarte un nuevo panorama.
Pero sin lugar a dudas, el mejor momento del viaje en metro son los escasos diez minutos que viajo con Lucas.

Nos conocemos desde que éramos pequeños y he estado coladita por él desde… ¿siempre? Por lo menos desde que empecé a dibujar corazones en los cuadernos. Pero soy consciente de que es un amor imposible, totalmente platónico. Ya sabéis, todos tenemos un amor de esos en la adolescencia, normalmente suele ser hacia un cantante o actor cuyo poster está en tu pared y besas todas las noches antes de dormir. Mi amor platónico está… un poco más cerca.

Todos los años, en Nochevieja, me digo a mi misma que el año siguiente será el año, que le declararé mi amor, y que como ese nuevo año seré más fantástica a sus ojos, él corresponderá a mis sentimientos. Me dará un beso de película y todos en el vagón aplaudirán. Después me cogerá en brazos y me sacará afuera con una sonrisa en la boca y sin esfuerzo.  ¡Eh! Ya que sueño, sueño a lo grande.

Por desgracia, el día de año nuevo llega y mi renovada fuerza flaquea, lo sé, lo sé, en menos de un día. Serán las mágicas horas del cambio de año lo que me da fuerza, porque posteriormente, ni los nervios, ni la ebriedad, ni una sonrisa que creo insinuante, ni siquiera un maldito empujón hacia su pecho han conseguido que me lance.
Pero no pierdo la esperanza. Pronto, seré lo suficientemente valiente.

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Me estoy moviendo al ritmo de un villancico en mi cabeza. Soy una de esas paranoicas de la navidad, loca de las luces y enamorada de los motivos navideños. A mi lado Lucas sonríe y niega con la cabeza cuando me escucha.

-Anda, calla. Luego tendré la maldita melodía metida en la cabeza todo el día.

Le saco la lengua mientras tarareo más alto. A mi lado una chica se contagia y bajito, por vergüenza supongo, empieza a cantar mientras mueve una pierna. ¡Ah, la navidad!
Inclino la cabeza mirando a Lucas, quien mira la pantalla de su móvil ajeno a mi contemplación. Falta poco para que termine un nuevo año y seguimos igual que siempre. Seguimos siendo buenos amigos y todos los días nos sonreímos mutuamente. Maravilloso. Bueno, lo era. Ya no tanto.

-Me bajo.

Parpadeo al darme cuenta de que el metro está aminorando y de que estamos llegando a su estación. ¡Maldita sea! El trayecto es demasiado corto. Una vez estuvimos atrapados en el metro por un problema en la vía durante más de media hora. Eso sí que fue un viaje agradable. El resto de los pasajeros no estaba muy de acuerdo, pero quién soy yo para meterme con ellos.
Se acerca a la puerta y como atraída por un imán, voy tras él. A estas horas no hay mucha gente así que no tiene que pelearse contra una marabunta de gente para bajar. Se gira para despedirse, levantando la mano derecha y con una sonrisa en la boca.

-Nos vemos a la vuelta.

Y entonces se apodera la locura de mí…




Todos en el metro me miran. Algo normal cuando acabo de estar dándome cabezazos contra la ventana como una imbécil. Algo que no descarto por completo ser.

Acabo de besarle. Así, justo un segundo antes de que se cerraran las puertas, he puesto mis labios sobre los suyos mientras mi mano le agarraba del cuello de la camiseta para atraerle hacia mí. Sus labios no se han movido, por la sorpresa espero, en los escasos segundos que ha durado el beso. Y cuando he oído, vagamente, que los pitidos del cierre de puertas sonaban más rápido, le he soltado y me he echado para atrás. Él se ha quedado pasmado, mirando hacia adelante, con los labios entreabiertos y los ojos como platos. Unas abuelas le miraban divertidas, aunque dudo mucho que él haya reparado en ello.
Y yo, nada más cerrarse las puertas, he tenido un enorme ataque de arrepentimiento seguido por un par de golpes de cabeza contra la pared. No sé por qué, solo se sentía bien castigar a mis neuronas. Eso les pasa por dejar a las hormonas tomar el control. Quería que él supiera de mis sentimientos, si, pero no así. Así no.

Lo mejor será bajarme en la siguiente estación y coger el siguiente metro. Un metro donde nadie haya sido testigo de mis hazañas. O vergüenzas. Lo que sea.

Lentamente, llevo la mano derecha hacia arriba, hasta mis labios y poso las yemas en ellos, notando una calidez extraña. Al instante me siento imbécil y bajo la mano, resisto el impulso de golpear mi cabeza contra el cristal de nuevo y me pongo los cascos por los que suena mi canción favorita del momento. Perfecto, el mejor momento de mi vida ya tiene banda sonora.

Hace días que no veo a Lucas en el metro. Bueno… vale… le estoy evitando. Para ello he roto una tradición de años y cojo el metro a deshora. Estoy medio decepcionada conmigo misma. Pero la mitad avergonzada gana.
Apoyo la cabeza en el cristal, rezando para que llegue pronto la parada en la que todo el mundo se baje. Realmente, hay días en los que ir espachurrada, cuando necesitas espacio vital no es de mi agrado.
Dos paradas después, suspiro agradecida al ver el nombre de la estación. Estación importante significa: desbandada. La poca gente que va a entrar espera pacientemente (aunque algún incauto intenta meterse en la marea humana sin mucho éxito) a que todo el mundo haya salido.
Me despego del cristal, un poco más animada. Muevo el bolso de un hombro al otro, ahora con menos miedo a que me roben. Y entonces levanto la vista y me encuentro con una mirada sorprendida.

-Mierda-escapa de mis labios sin que pueda remediarlo.

Doy un paso hacia las puertas pero estas ya se están cerrando. Así que me quedo encerrada en el metro con Lucas. Él está mirándome como el cazador que sin querer, se ha encontrado con un ciervo. No hace gestos bruscos, me mira fijamente a los ojos y no dice nada.
Para cuando quiero darme cuenta está prácticamente a mi lado. Noto mi cuerpo en tensión, preparado para huir. Y entonces él comete un error.

-Yo…

Hay tanto significado oculto en una única palabra, en un ridículo monosílabo, en dos tristes letras… tanta incertidumbre y confusión. Y de alguna manera es ese monosílabo lo que me despierta, el que consigue que reaccione, para bien o para mal.

***************

Estoy corriendo. Soy de esas personas que piensan que correr es de cobardes, probablemente por mi vagueza genética, pero estoy corriendo. De hecho, parece que esté en medio de una carrera de obstáculos por el maldito metro: esquiva a una persona aquí, salta una mochila allá… y mientras, Lucas está llamándome a gritos e intuyo que siguiéndome porque por desgracia los gritos no se pierden en la lejanía. Es oficial: estamos dando un espectáculo.
Pero todo se acaba. En este caso es el metro, que tiene un número limitado de vagones. Y al parecer acabo de llegar al último. Intento recuperar el aliento al tiempo que oigo que Lucas se detiene a mi lado, por supuesto su necesidad de oxígeno es bastante inferior a la mía y no respira entrecortadamente. Me siento ligeramente mejor al ver que está colorado, bien por la carrera o por la vergüenza, pero solo ligeramente.

-Si lo que quieres es decirme que quieres algo conmigo-sale de mi boca la inútil esperanza de salvar mi orgullo-Has perdido tu tren.
-Estamos en el metro.

Prácticamente le arranco la cabeza de un mordisco. ¿En serio me está viniendo ahora con tecnicismos? Le miro fijamente hasta que incómodo, desvía la mirada. Ahora que estamos cara a cara parece ser que sigue sin saber que decir. No es que yo piense ayudarle a salir del paso, después de todo él me ha perseguido, luego él es el que tiene algo que decir. Yo mientras resisto con fuerza la tentación de salir por las puertas abiertas.

-Mira-se lleva una mano a la nuca y pasa de ahí al pelo, despeinándose cruelmente y haciéndose más atractivo, en fin, la vida es injusta-Lo que pasó el otro día, yo no sabía que tú… que te sentías de esa manera.

Abro la boca para decir que fue un impulso estúpido, una broma, que realmente no me gusta, pero la cierro. Las cartas están sobre la mesa y sería estúpido recogerlas. Él ya sabe mi jugada, solo tengo que esperar y ver que hace para ver si gano o pierdo en una partida en la que me lo he jugado todo.

-Somos amigos-eso no suena naaaaaaaaada bien, que se lo digan a las películas de Hollywood.
-¿Qué me quieres decir con eso?-le espeto cansada e irritada de tanta confusión.
-Si, hijo, ¿Qué quieres decir?-nos sorprende la voz de una abuelita.

Como movidos por un resorte, los dos movemos la cabeza hacia un lado y vemos que no solo la abuela, todo el maldito vagón está mirando y escuchando nuestra conversación. ¡Por Dios! Un chico incluso está haciendo fotos del momento más triste de mi vida. Mañana a estas horas seré el hazmerreir de twitter con el hashtag, #rechazoenelmetro

-Quiero decir que somos amigos, que te conozco, tanto lo bueno como lo malo y me encanta estar a tu lado. Que sé que podríamos tener algo fantástico-muchos asienten como si estuvieran de acuerdo, una señora saca disimuladamente un pañuelo y se lo lleva a los ojos y yo… dejo de mirar a un montón de desconocidos para volver a lo importante, con Lucas.

Me sonríe con esa sonrisa suya que me tiene loca. Besarle y que todos aplaudan sería sin duda un cliché enorme de película americana de sábado por la tarde. Por ello, aprovecho que justo en estos momentos se abre la puerta para cogerle de la mano y salir al andén. Se oye un coro de desilusión proveniente de nuestros espectadores que nos hace sonreír. Y ahí, en el andén nueve y tres cuartos, porque sin duda es un lugar lleno de magia, Lucas y yo nos besamos de verdad, por primera vez, con un grupo de personas mirándonos pegados a los cristales de los vagones y la gente pululando a nuestro alrededor.

Sin duda, me encanta el metro.

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