EN EL METRO
Me encanta el metro. Me parece que de todos los medios de transporte disponibles en nuestra generación, es el mejor. Quiero decir, andar de un lado a otro a caballo o en carruaje suena mucho más emocionante y evocador, pero por desgracia, alguien quiso que naciera en el siglo equivocado
.
Pero del siglo XXI, el mejor modo
de ir de un lado a otro es sin ninguna duda el metro. O el tren en su defecto,
si hay que hacer distancias largas. Tiene ese encanto de algo antiguo pero a la
vez moderno. Y es, sin ninguna duda, una fuente de entretenimiento para un
espectador atento. En el metro podemos ver de todo, gente pobre, gente rica,
gente de poder adquisitivo medio, gente cantando, gente tocando el acordeón o
la flauta, gente vendiendo klinex (algo muy útil en ciertas épocas del año),
gente durmiendo, gente besándose, gente sobándose, gente borracha, gente
triste, gente hablando por el móvil y a todo el vagón al mismo tiempo, gente
escuchando música, gente leyendo, gente aplastada… y así, la lista parece
interminable.
Todos los días tengo que coger el
metro y en total, paso en las vías más de dos horas. Además, dado que soy una
persona de costumbres, siempre cojo el metro a la misma hora. Y sin embargo,
excepto el guarda de seguridad de la entrada y una mujer de negocios que tengo
la ligera impresión de que está cautivada por mi belleza, prácticamente nunca
nadie es el mismo. Y si lo fuera, solo tienes que moverte uno o dos vagones
hacia arriba o hacia abajo para encontrarte un nuevo panorama.
Pero sin lugar a dudas, el mejor
momento del viaje en metro son los escasos diez minutos que viajo con Lucas.
Nos conocemos desde que éramos
pequeños y he estado coladita por él desde… ¿siempre? Por lo menos desde que
empecé a dibujar corazones en los cuadernos. Pero soy consciente de que es un
amor imposible, totalmente platónico. Ya sabéis, todos tenemos un amor de esos
en la adolescencia, normalmente suele ser hacia un cantante o actor cuyo poster
está en tu pared y besas todas las noches antes de dormir. Mi amor platónico
está… un poco más cerca.
Todos los años, en Nochevieja, me
digo a mi misma que el año siguiente será el año, que le declararé mi amor, y
que como ese nuevo año seré más fantástica a sus ojos, él corresponderá a mis
sentimientos. Me dará un beso de película y todos en el vagón aplaudirán.
Después me cogerá en brazos y me sacará afuera con una sonrisa en la boca y sin
esfuerzo. ¡Eh! Ya que sueño, sueño a lo
grande.
Por desgracia, el día de año
nuevo llega y mi renovada fuerza flaquea, lo sé, lo sé, en menos de un día.
Serán las mágicas horas del cambio de año lo que me da fuerza, porque
posteriormente, ni los nervios, ni la ebriedad, ni una sonrisa que creo
insinuante, ni siquiera un maldito empujón hacia su pecho han conseguido que me
lance.
Pero no pierdo la esperanza.
Pronto, seré lo suficientemente valiente.
************************
Me estoy moviendo al ritmo de un
villancico en mi cabeza. Soy una de esas paranoicas de la navidad, loca de las
luces y enamorada de los motivos navideños. A mi lado Lucas sonríe y niega con
la cabeza cuando me escucha.
-Anda, calla. Luego tendré la
maldita melodía metida en la cabeza todo el día.
Le saco la lengua mientras
tarareo más alto. A mi lado una chica se contagia y bajito, por vergüenza
supongo, empieza a cantar mientras mueve una pierna. ¡Ah, la navidad!
Inclino la cabeza mirando a
Lucas, quien mira la pantalla de su móvil ajeno a mi contemplación. Falta poco
para que termine un nuevo año y seguimos igual que siempre. Seguimos siendo
buenos amigos y todos los días nos sonreímos mutuamente. Maravilloso. Bueno, lo
era. Ya no tanto.
-Me bajo.
Parpadeo al darme cuenta de que
el metro está aminorando y de que estamos llegando a su estación. ¡Maldita sea!
El trayecto es demasiado corto. Una vez estuvimos atrapados en el metro por un
problema en la vía durante más de media hora. Eso sí que fue un viaje
agradable. El resto de los pasajeros no estaba muy de acuerdo, pero quién soy
yo para meterme con ellos.
Se acerca a la puerta y como
atraída por un imán, voy tras él. A estas horas no hay mucha gente así que no
tiene que pelearse contra una marabunta de gente para bajar. Se gira para
despedirse, levantando la mano derecha y con una sonrisa en la boca.
-Nos vemos a la vuelta.
Y entonces se apodera la locura
de mí…
Todos en el metro me miran. Algo
normal cuando acabo de estar dándome cabezazos contra la ventana como una
imbécil. Algo que no descarto por completo ser.
Acabo de besarle. Así, justo un
segundo antes de que se cerraran las puertas, he puesto mis labios sobre los
suyos mientras mi mano le agarraba del cuello de la camiseta para atraerle
hacia mí. Sus labios no se han movido, por la sorpresa espero, en los escasos
segundos que ha durado el beso. Y cuando he oído, vagamente, que los pitidos
del cierre de puertas sonaban más rápido, le he soltado y me he echado para
atrás. Él se ha quedado pasmado, mirando hacia adelante, con los labios
entreabiertos y los ojos como platos. Unas abuelas le miraban divertidas,
aunque dudo mucho que él haya reparado en ello.
Y yo, nada más cerrarse las
puertas, he tenido un enorme ataque de arrepentimiento seguido por un par de
golpes de cabeza contra la pared. No sé por qué, solo se sentía bien castigar a
mis neuronas. Eso les pasa por dejar a las hormonas tomar el control. Quería
que él supiera de mis sentimientos, si, pero no así. Así no.
Lo mejor será bajarme en la
siguiente estación y coger el siguiente metro. Un metro donde nadie haya sido
testigo de mis hazañas. O vergüenzas. Lo que sea.
Lentamente, llevo la mano derecha
hacia arriba, hasta mis labios y poso las yemas en ellos, notando una calidez
extraña. Al instante me siento imbécil y bajo la mano, resisto el impulso de
golpear mi cabeza contra el cristal de nuevo y me pongo los cascos por los que
suena mi canción favorita del momento. Perfecto, el mejor momento de mi vida ya
tiene banda sonora.
Hace días que no veo a Lucas en
el metro. Bueno… vale… le estoy evitando. Para ello he roto una tradición de
años y cojo el metro a deshora. Estoy medio decepcionada conmigo misma. Pero la
mitad avergonzada gana.
Apoyo la cabeza en el cristal,
rezando para que llegue pronto la parada en la que todo el mundo se baje.
Realmente, hay días en los que ir espachurrada, cuando necesitas espacio vital
no es de mi agrado.
Dos paradas después, suspiro
agradecida al ver el nombre de la estación. Estación importante significa:
desbandada. La poca gente que va a entrar espera pacientemente (aunque algún
incauto intenta meterse en la marea humana sin mucho éxito) a que todo el mundo
haya salido.
Me despego del cristal, un poco
más animada. Muevo el bolso de un hombro al otro, ahora con menos miedo a que
me roben. Y entonces levanto la vista y me encuentro con una mirada
sorprendida.
-Mierda-escapa de mis labios sin
que pueda remediarlo.
Doy un paso hacia las puertas
pero estas ya se están cerrando. Así que me quedo encerrada en el metro con
Lucas. Él está mirándome como el cazador que sin querer, se ha encontrado con
un ciervo. No hace gestos bruscos, me mira fijamente a los ojos y no dice nada.
Para cuando quiero darme cuenta
está prácticamente a mi lado. Noto mi cuerpo en tensión, preparado para huir. Y
entonces él comete un error.
-Yo…
Hay tanto significado oculto en
una única palabra, en un ridículo monosílabo, en dos tristes letras… tanta
incertidumbre y confusión. Y de alguna manera es ese monosílabo lo que me
despierta, el que consigue que reaccione, para bien o para mal.
***************
Estoy corriendo. Soy de esas
personas que piensan que correr es de cobardes, probablemente por mi vagueza
genética, pero estoy corriendo. De hecho, parece que esté en medio de una
carrera de obstáculos por el maldito metro: esquiva a una persona aquí, salta
una mochila allá… y mientras, Lucas está llamándome a gritos e intuyo que
siguiéndome porque por desgracia los gritos no se pierden en la lejanía. Es
oficial: estamos dando un espectáculo.
Pero todo se acaba. En este caso
es el metro, que tiene un número limitado de vagones. Y al parecer acabo de
llegar al último. Intento recuperar el aliento al tiempo que oigo que Lucas se
detiene a mi lado, por supuesto su necesidad de oxígeno es bastante inferior a
la mía y no respira entrecortadamente. Me siento ligeramente mejor al ver que está
colorado, bien por la carrera o por la vergüenza, pero solo ligeramente.
-Si lo que quieres es decirme que
quieres algo conmigo-sale de mi boca la inútil esperanza de salvar mi orgullo-Has
perdido tu tren.
-Estamos en el metro.
Prácticamente le arranco la
cabeza de un mordisco. ¿En serio me está viniendo ahora con tecnicismos? Le
miro fijamente hasta que incómodo, desvía la mirada. Ahora que estamos cara a
cara parece ser que sigue sin saber que decir. No es que yo piense ayudarle a
salir del paso, después de todo él me ha perseguido, luego él es el que tiene
algo que decir. Yo mientras resisto con fuerza la tentación de salir por las
puertas abiertas.
-Mira-se lleva una mano a la nuca
y pasa de ahí al pelo, despeinándose cruelmente y haciéndose más atractivo, en
fin, la vida es injusta-Lo que pasó el otro día, yo no sabía que tú… que te
sentías de esa manera.
Abro la boca para decir que fue un impulso estúpido, una
broma, que realmente no me gusta, pero la cierro. Las cartas están sobre la
mesa y sería estúpido recogerlas. Él ya sabe mi jugada, solo tengo que esperar
y ver que hace para ver si gano o pierdo en una partida en la que me lo he
jugado todo.
-Somos amigos-eso no suena naaaaaaaaada bien, que se lo
digan a las películas de Hollywood.
-¿Qué me quieres decir con eso?-le espeto cansada e irritada de tanta confusión.
-Si, hijo, ¿Qué quieres decir?-nos sorprende la voz de una abuelita.
-¿Qué me quieres decir con eso?-le espeto cansada e irritada de tanta confusión.
-Si, hijo, ¿Qué quieres decir?-nos sorprende la voz de una abuelita.
Como movidos por un resorte, los dos movemos la cabeza hacia
un lado y vemos que no solo la abuela, todo el maldito vagón está mirando y escuchando
nuestra conversación. ¡Por Dios! Un chico incluso está haciendo fotos del
momento más triste de mi vida. Mañana a estas horas seré el hazmerreir de
twitter con el hashtag, #rechazoenelmetro
-Quiero decir que somos amigos, que te conozco, tanto lo
bueno como lo malo y me encanta estar a tu lado. Que sé que podríamos tener
algo fantástico-muchos asienten como si estuvieran de acuerdo, una señora saca
disimuladamente un pañuelo y se lo lleva a los ojos y yo… dejo de mirar a un
montón de desconocidos para volver a lo importante, con Lucas.
Me sonríe con esa sonrisa suya que me tiene loca. Besarle y
que todos aplaudan sería sin duda un cliché enorme de película americana de
sábado por la tarde. Por ello, aprovecho que justo en estos momentos se abre la
puerta para cogerle de la mano y salir al andén. Se oye un coro de desilusión
proveniente de nuestros espectadores que nos hace sonreír. Y ahí, en el andén
nueve y tres cuartos, porque sin duda es un lugar lleno de magia, Lucas y yo
nos besamos de verdad, por primera vez, con un grupo de personas mirándonos
pegados a los cristales de los vagones y la gente pululando a nuestro
alrededor.
Sin duda, me encanta el metro.


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